LA FRASE DEL DÍA

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Aventuras reales en la Antártida
por Jarrid

«Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Cuando Ernest Shackleton insertó este anuncio en la prensa británica en los primeros meses de 1914, no imaginó cuánto de verdad había en aquella terrible oferta de trabajo. Se trataba de atravesar a pie por vez primera el continente antártico. Casi cinco mil marineros respondieron al anuncio, de los cuales sólo se aceptaron unos veintiocho.

El 8 de agosto, bien pertrechado y recién pintado, el buque rebautizado como Endurance partía de los muelles de Plymouth. El 7 de diciembre entró en zonas de hielo, aunque era pleno verano austral. Shackleton decidió poner proa al Sur. El 19 de enero de 1915, y cuando le quedaban unas pocas millas para alcanzar el continente, el Endurance, quedó atrapado en los hielos polares. Sólo les quedaba una posibilidad: prepararse para el invierno a bordo del barco, ahora llamado cariñosamente “el Ritz”.

Con la llegada de la primavera la nave empezó a rugir por la presión de los bloques helados que amenazaban con aplastarla. El domingo 23 de octubre de 1915 fue el principio del fin. Días después se abrieron nuevas vías de agua y el barco se fue a pique irremediablemente. Los hombres se quedaron sin más cobijo que un montón de tablas y unos botes salvavidas. El Endurance había resistido entre los hielos 281 días.

El 20 de diciembre empezaron a dirigirse a pie hacia la isla de Paulet arrastrando los tres botes del Endurance. Para reservar energías Shackleton decidió que se debían situar sobre una gran masa de hielo y dejar que las corrientes les llevasen. Los botes se pusieron invertidos para que sirviesen de chozas, la comida principal serían focas y pingüinos y para mantener la moral se harían cantos en grupo, se celebrarían cumpleaños y se leería la enciclopedia.

Los meses iban pasando con los hombres sobre un témpano al antojo de los vientos y corrientes. El 9 de abril de 1916, cuatro meses después, el hielo que les sostenía se desintegró hasta tal punto que se vieron forzados a echar los botes al agua y embarcar en ellos. A los tres días alcanzaron la isla Elefante, en el norte de la península antártica. Cuando todos estaban en tierra, empezaron a correr por la playa llenos de felicidad: sus pies tocaban tierra firme por primera vez en un año y cuatro meses.

A pesar de la alegría, aquello no era la salvación. Seguían aislados, y se encontraban en un lugar poco idóneo para sentarse a esperar ayuda. Sin dejarse vencer por la desesperación, Shackleton escogió a un puñado de hombres y decidió realizar un viaje imposible. 1400 km hasta alcanzar la isla de San Pedro. Una ruta que, aún hoy, sólo afrontan sólidos mercantes que son zarandeados por el océano sureño, el más tempestuoso y violento del planeta. Con las prisas, cargaron poca agua y la sed se convirtió en su primer enemigo: para refrescarse, sólo podían ponerse trozos de carne de foca helada sobre los labios.

Tras una travesía inconcebible a los ojos de cualquier marino, desembarcaron en el glaciar de Cabo Rosa; tambaleantes, treparon montañas de 3.000 metros sin alimentos y con la sola ayuda de una azada y una estacha, recorrieron 40 kilómetros en apenas 36 horas hasta alcanzar el puerto ballenero de Stromness, su refugio, su comida enlatada y su civilización repleta de vértebras de ballena y olor a grasa de ballena quemada. Era el 20 de mayo de 1916.

Shackleton, fiel a los 22 hombres que dejó atrás, gestiona su rescate: los tres primeros intentos fracasaron. Pero, con la ayuda del Gobierno chileno, Shackleton zarpó el 25 de agosto de 1916 en el pesquero ‘Yelcho’, que entró en la zona helada para subir a bordo a los 22 tripulantes que esperaban en la Isla Elefante. De manera casi increíble, los 28 hombres del Endurance regresaron a casa. El mundo se hallaba sumergido en plena guerra y su reaparición entre los vivos pasó casi desapercibida. Es más, muchos de ellos se incorporaron al frente para jugarse el pellejo que habían salvado milagrosamente en el Sur más hostil.