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Información de la partida
  • Partida anual (LA LLAMADA DEL CTHULHU)
  • Master: Mirundiel
  • Resumen de Jarrid

Jugadores: Anne SouthFolk (Raul, parapsicóloga), Benjamin Harper (Aran, arqueólogo), Robert Sanches (Ciu, Antropólogo)

Extracto del diario de Robert Sanches
Después de asegurarnos que los Moai, dioses adorados por los Anau-Epep, estaban despertando de su milenario letargo, el último de los sacerdotes de los hombres pájaro nos preguntó a cada uno la razón de nuestra llegada a la isla. Aunque admitimos que nos movía puro interés científico no tardamos en comprender que Tanga Tamanu, pues ese era su nombre, esperaba que nos declaráramos enemigos de los orejas largas. Lo hicimos y juramos que combatiríamos el mal que provocaban en la isla. Esto lo contentó y entonces emprendimos la marcha para ir hasta el Mirador de las Estrellas donde, según la leyenda, descubriríamos el acceso a la morada de los infra-seres, los Anau-Epep, más conocidos como los orejas largas.

Recorrimos el paisaje abrupto que separaba la morada del anciano hasta una cueva, donde nos introdujimos para recorrer gran distancia a través de grutas ora naturales, ora trabajadas con martillo y cincel. Al salir al exterior nos encontramos en los acantilados de la costa Norte de la isla. Luego iniciamos una peligrosa ascensión hasta el punto más alto de la zona.

Tanga Tamanu nos mostró señalando el suelo una pequeña concavidad circular rodeada de piedras ajenas a la isla. A todos rasgos se trataba de un círculo mágico común en culturas ancestrales de América del Sur, donde las piedras de mayor tamaño o de determinada composición señalaban los puntos cardinales. Allí debíamos pasar la noche para conocer el origen del mal.

El astro rey se ocultó en el horizonte del gran océano pacífico y al poco tiempo caímos los tres en brazos de Morfeo. Cada uno de nosotros tuvo un sueño revelador. A mí se me reveló donde habitaban los Anau-Epep, una explanada en el cráter del monte Rano Raraku, y la entrada a su inframundo, una puerta de gran tamaño con una cabeza tallada de horrible apariencia. Ben vio cerca del mismo lugar la existencia de una daga que podía ayudarnos a combatir el mal que acechaba la isla de Pascua. Anne no quiso decirnos lo que vio pero la palidez de su rostro delataba que su sueño se había convertido en la peor de las pesadillas.

Al amanecer pedimos al anciano sacerdote que nos facilitara algún arma con la que cumplir la misión que él mismo nos requería y a la que los sueños nos habían encarrilado. Tanga Tamanu nos habló de nuevo de la leyenda de la derrota de los Anau-Epep, cuando los antiguos hombres pájaro recibieron del dios Noah las armas para expulsar a sus enemigos. Nos habló de una máscara y de un cristal. La primera se hallaba en su poder, mientras que el cristal era el objetivo de la prueba que debíamos superar. La misma que él había superado en su juventud, como sus predecesores, para convertirse en hombre pájaro. Deberíamos llegar hasta un pequeño islote situado a 1 kilómetro de distancia con la única ayuda de nuestros brazos y nuestras piernas. Anne, a pesar de su condición de mujer de ciencias y de que la tradición decía que solo los hombres participaban en la prueba, fue la primera en dar un paso al frente. Ben, en cambio, renunció a ello. Este hecho nos extrañó, pues de los 3 científicos él era el que tenía un perfil más cercano al trabajo de campo. Por no hablar de que era su hermano el que había desaparecido presumiblemente en manos de los Anau-Epep. Por mi parte dudé en participar ya que la natación nunca había sido mi fuerte y se me antojaba una prueba harto difícil, a la vez que potencialmente mortal. Pero finalmente mi orgullo de hombre impidió que dejara sola a Anne.

Para reducir riesgos decidimos que Ben iría con nuestro guía Nuh hasta el poblado. Allí conseguirían una canoa con la que poder seguirnos y prestarnos ayuda en caso de que el océano quisiera pedir un alto tributo por nuestra osadía. Éstos y otros debates los manteníamos durante el camino de regreso a la morada de Tanga Tamanu. Justo en la mitad de la gruta que comunicaba el Mirador de las Estrellas con el interior de la isla el sacerdote se detuvo y nos mostró un pasaje oculto que llevaba al pie de los acantilados. Desde allí era más fácil acometer la travesía. El descenso no era fácil, así que Anne y yo nos separamos de los demás para poder descender con calma.

Anne decidió ir siempre delante y afrontar los peligros la primera. Yo desconocía si este cambio de actitud se debía a su propia idiosincrasia o quizás, el terrible sueño que la había asaltado la anterior noche, le había trastocado algún proceso neuronal. El descenso no fue fácil. Debimos enfrentarnos a cornisas donde apenas podíamos colocar los pies, fuertes vientos helados y, donde no había roca en la cual apoyarse, cuerdas para bajar a pulso hasta una plataforma inferior. Precisamente en la última de estas sogas Anne sufrió un percance que la precipitó diez metros contra las duras rocas. Cuando conseguí llegar a su lado descubrí que tenía huesos rotos en todo el cuerpo. El regreso a la gruta y a la morada de Tanga Tamanu era imposible. Sólo cabía esperar la llegada de la canoa.

Varias horas después, iluminados por Sol del ocaso, llegaron por fin Ben, Nuh y un pescador comandando una barquichuela a remo. Cuando ésta se detuvo a poca distancia de las rocas, cuatro metros debajo de nuestra posición, me tiré al agua y esperé a que Anne se dejara caer para poder subirla a bordo. El riesgo de que sus heridas se agravaran era grande, pero era su única posibilidad real de sobrevivir. Con grandes dificultades pudimos rescatarla y su estado era precario, pero aún así quiso que yo acometiera sin tardanza la prueba de los hombres pájaro. Cierto es que podríamos haberla llevado inmediatamente al poblado pero había varias razones por las que finalmente decidimos continuar con esa locura.

Ya he dicho que la natación no se me daba bien y mi estado físico era el común de la gente que vive enclaustrada en las bibliotecas. Jamás olvidaré la agonía para llegar a un pequeño peñón, situado a un poco más allá de la mitad del camino, cuando mi cuerpo apenas me mantenía a flote y la hipotermia amenazaba con sumirme en un mortal sueño. Cómo tuve que despojarme con dificultad de toda mi ropa y abrigarme con una tosca manta que me lanzaron desde el bote. Tres horas permanecí sentado incómodamente en esa roca hasta que mi cuerpo recuperó el calor y pude volver a lanzarme al mar completamente desnudo, mientras en mi interior me preguntaba si no sería mejor abandonarlo todo y regresar de nuevo al hogar. La segunda parte de la travesía, aunque más corta, fue un tormento ya que mis brazos y piernas apenas respondían a mis órdenes, el frío empezó a consumirme mucho antes y la oscuridad total y el entumecimiento hacían que me desviara constantemente de mi meta. Más muerto que vivo arribé por fin al islote. Mis compañeros descendieron de la canoa y me arroparon con mantas y con sus propios cuerpos. Antes de caer dormido pude escuchar a Anne que deliraba, pidiendo a Nuh que la llevara en brazos para buscar ramas con las que poder encender un fuego, a pesar de que era noche cerrada y en la isla no se apreciaba signos de vida vegetal.

Los primeros rayos de Sol nos despertaron y entonces empezó la búsqueda del cristal que, según nos había dicho Tanga Tamanu, se encontraba bajo el símbolo de los hombres pájaro. No fue hasta pasadas unas horas cuando descubrí el símbolo tallado en una piedra que el oleaje ocultaba intermitentemente. Entonces comprendí que el cristal debía estar sumergido en el mar y que debería bucear para llegar hasta él. A pesar de las agujetas que atenazaban mi cuerpo me lancé hacia el fondo y, abriendo los ojos, busqué el premio a tantas fatigas y pronto distinguí, a casi media docena de metros bajo la superficie, una gruta subacuática. Volví entonces a la superficie para coger el aire suficiente pero entonces el mito se convirtió en realidad cuando, no muy lejos de mí, entreví uno de esos seres horrendos llamados por los nativos Anau-Epep, de cuerpo vagamente antropomórfico pero con rasgos anfibios reconocibles: espina dorsal espinosa, ojos saltones, agallas palpitantes en el cuello y membranas interdigitales. Él también me vio pero no le di la oportunidad de perseguirme. Braceando con todas mis fuerzas mientras mis pulmones expulsaban aire mediante un prolongado grito llegué a la superficie y a la reconfortante calidez de la roca volcánica del islote.

Les expliqué lo sucedido a los demás y varias veces estuvimos a punto de subir en la canoa para no volver más, pero siempre surgía el orgullo herido y el deseo de ser protagonistas de una historia fantástica para cancelar nuestro regreso a la cordura. Decidimos entonces saltar Nuh y yo al agua. Él llevaría el tridente de pesca del patrón de la canoa para defenderse en caso de ser atacado por el abominable ser. Mientras tanto yo me introduciría en la gruta para buscar el cristal. Esto era más fácil de decir que de hacer. Nada más sumergirnos de nuevo pudimos ver que había dos de esos seres y que custodiaban la gruta como perros guardianes. Otra vez salimos chillando a la superficie y otra vez volvió el debate de abandonar la empresa. Pero la posibilidad de ver mi nombre inmortalizado en los libros de texto era más atrayente que la muerte en el anonimato.

Esta vez me acompañó Ben ya que Nuh se negó a volver a bajar. Mi colega no iba a enfrentarse a esos seres sino que haría de cebo para alejarlos de la entrada y dejarme vía libre. Sabíamos que en cualquier caso yo me los encontraría de frente si conseguía salir de la gruta, pero tenía la ligera esperanza de encontrar el cristal y con él en mi poder podría salir airoso. Las probabilidades de morir eran muy altas.

El plan se torció al principio. Aunque los dos seres salieron en busca de Ben, uno de ellos regresó a la gruta cuando se dio cuenta de la trampa. Sin mirar atrás buceé con todas mis fuerzas a través de la pequeña gruta hasta que alcancé una bolsa de aire del tamaño de 3 cabezas donde se hallaba, por fin el cristal de Noah. Lo cogí y el maldito artefacto me soltó tal descarga eléctrica que casi me dejó inconsciente. Por suerte logré recomponerme, sujeté con fuerza el cristal con la mano quemada, tomé gran cantidad de aire y emprendí el tornaviaje. El paso por la gruta estaba libre pero apenas hube salido de ella las dos criaturas se abalanzaron hacia mí. En una apuesta arriesgada alargué hacia ellos el brazo con el que empuñaba el cristal y, por fortuna o por voluntad de Noah, una descarga eléctrica cruzó el agua para impactar contra el más cercano de los orejas largas. Aproveché la confusión para nadar con fuerza hacia arriba y cuando noté que el otro ser me sujetó un tobillo le descargué rabiosamente un golpe con el tridente que llevaba en la otra mano. Sorprendido, el Anau-Epep me liberó un momento y pude escapar definitivamente a la seguridad de tierra firme. Lo había conseguido.

Dos días después Ben y yo nos presentamos ante Tanga Tamanu para demostrarle que había conseguido superar la prueba. Nada más llegar el anciano nos entregó la máscara y nos dijo que servía para nadar por debajo el agua sin importar el cansancio ni la falta de oxigeno. Intrigados por saber qué nueva prueba requeriría sumergirnos en el agua nos sorprendió de mala manera saber por sus propios labios que nos ayudaría a conseguir el cristal. ¡El anciano tenía el mal de la senectud! Con los ojos inyectados en sangre Ben le preguntó si podríamos ir a buscar el cristal directamente con una canoa. "Sí, claro" respondió él. Vi demasiado tarde como Ben había sacado del interior de su camisa una pistola cargada. Solo pude entorpecer lo suficiente para que errara su tiro, que se perdió en el cielo. El anciano respondió con presteza. Un águila que siempre sobrevolaba su morada se lanzó en picado contra mi compañero y con una de sus garras le hizo una fea herida en el rostro. Tuve que intervenir para que la cosa no fuera a mayores. Ben recogió su revólver e inició el camino de regreso. Yo me quedé para pedir disculpas al anciano con la amenaza del águila sobrevolándome. Tanga Tamanu aceptó mis excusas y me hizo entrega de un bastón de los hombres pájaro con el que podría enfrentarme al mal. Si no hubiera visto a esos seres anfibios con mis propios ojos a estas alturas hubiera creído que todo era fruto de la senil mente de un sacerdote anacrónico. Pero no era así.

Continuará...