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  • Boston Society of Unusual Events (LA LLAMADA DEL CTHULHU)
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Jugadores: Detective Larry Thompson (Peña), Parapsicólogo 'Euclides' (Raul), Detective ayudante 'Jean Paul' (Cardona), Anticuario - Historiador 'Marcus' (Ciu)

Resumen de Marcus (el único que salió ileso, o casi, tal como se explica a continuación)
Hacía unas semanas Larry Thompson, un reputado detective privado de Washington, Euclides, un parapsicólogo racionalista muy interesado en la química, Jean Paul, un investigador de los bajos fondos de origen francés y Marcus, yo mismo, un estudiante de Historia que compaginaba mi doctorado con la catalogación de multitud de objetos en la tienda de antigüedades de mi padre, habíamos montado una sociedad de investigación de fenómenos ultra-normales.

Hasta el momento ningún caso había llamado especialmente nuestra atención, más lo poco que habíamos investigado nos había llevado siempre a fénomenos racionalmente explicables que no presentaban reto alguno para nuestros egos.

Hace unos días Larry recibió la llamada de un abogado de Kentucky que representaba a una señora de Cincinnati. El hijo de esta había sufrido un extraño accidente que lo había dejado como un vegetal y la policía de Sylvanville, la capital del condado de Leshay donde residía actualmente el afectado, había renunciado finalmente a seguir investigando por ser el caso demasiado vago e intangible.

Al día siguiente partimos a bordo de un tren interestatal con rumbo a Sylvanville. En la estación nos esperaba el ayudante del Sheriff, el señor Bill Samuels, que nos acompañó hasta la comisaria mientras nos daba algunos consejos de cómo disfrutar de su maravillosa ciudad.

El Sheriff del condado John Q. Bates es un hombre avezado que ha visto de todo en sus 60 años de vida pero lo que le pasó a Brent Johnson en su habitación lo había superado por completo. El sheriff nos explicó como encontraron a Brent, empleado de la colonia minera de la CMMI (Consolidated Mines & Minerals Inc.) en Heighton, en su habitación en un estado de semi-inconsciencia, con un rastro de espuma en su boca y aquejado de frecuentes espasmos. Aparentemente la causa de que un hombre joven y sano como Brent se hubiera corrompido de aquella manera era un líquido misterioso que habían hallado en una botella de color rojo. Un análisis posterior había revelado que el líquido estaba formado en un 90% por etanol y que además contenía un componente orgánico indeterminado. En todo caso ninguno de los ingredientes era sospechoso de causar el estado en el que se encontraba el hijo de la Señora Johnson.

Más tarde el ayudante nos acompañó a la pensión donde se hospedaba Brent y el capataz de la colonia minera (motivo por el cual Brent era visto con recelo por sus compañeros) y nos mostró la habitación en la que fué encontrado en tal lamentable estado. Aunque la policía ya había registrado la estancia nosotros no dejamos de hacerlo por si las moscas. La botella no estaba allí pero sí un vaso que no parecía tener rastro del líquido y otros objetos almacenados en un tosco armario: un diario, botas de montaña, una cantimplora muy antigua y abollada con una inscripción y otros objetos que eran usados por Brent en sus frecuentes excursiones por las montañas.

Por las notas recogidas en su diario y por otros indicios poco visibles al ojo de un profano determinamos que la misteriosa botella, la cantimplora y algún que otro objeto antiguo habían sido rescatados de alguna zona perdida de las montañas. Iniciamos entonces una serie de entrevistas con el sheriff, la ama de llaves de la pensión, el capataz de la mina, sus compañeros de trabajo para averiguar por donde solía pasear el señor Johnson, pero nadie supo o quiso darnos ese dato. Lo que más comentaban todos era que Brent era un hombre extraño, solitario y taciturno, que a veces hacía preguntas extrañas e incómodas sobre la profesión de cada uno y como se sentían al desempeñarlo.

Al día siguiente realizamos una visita al sanatorio mental de Sylvanville donde estaba recluido Brent Johnson. El lugar, como todos los de su especialidad, era un sitio horrible donde los enfermos más que recibir cuidados eran apartados de la sociedad "civilizada" para que no estropearan la harmoniosa vida de los ciudadanos con su turbadora presencia. El celador, un hombre con un negro sentido del humor, mostró su sorpresa primero y una risa cínica después al pedirle que se nos permitiera hablar con Brent. Ciertamente el joven minero estaba en un profundo estado catatónico y, a pesar de los intentos de Euclides para que pudiera decirnos algo en claro todo fue en vano, para más regocijo del celador.

Por la tarde nos dirijimos a Cincinnati para hablar con nuestra clienta, la señora Elaine Johnson. La madre de Brent nos explicó que su hijo era bastante raro tirando a bohemio, y que una de sus obsesiones era conocer los pensamientos de los demás sobre cualquier asunto intrascendente. Además, que su hijo, habiendo estudiado bellas artes, hubiera deseado ir a trabajar a una mina era un asunto que a ella se le escapaba del entendimiento. Por lo demás poco más nos pudo decir la buena señora sobre sus asuntos en Heigthon o sobre el origen de la botella. Finalmente al atardecer regresamos a nuestro alojamiento en Sylvanville sin más claridad sobre el misterio que la que teníamos al despertar por la mañana.

Apenas sin ningún indicio decidimos hacer una búsqueda exhaustiva en todos los planos de la región que había en la Biblioteca, para ver si con algún golpe de suerte podíamos adivinar en qué región se podrían encontrar tales objetos. Pero pronto nos dimos cuenta que esa tarea resultaba imposible pues abarcaba varios miles de hectáreas de terreno abrupto.

Entoncés recordé la cantimplora antigua y la inscripción que tenía grabada "E.M.P. Pittsfield 1842". Pittsfield era una localidad de Massachussets y las iniciales debían corresponder quizás a la casa que fabricó la cantimplora o al propietario de la misma. Nos dirigimos entonces a la oficina de registros de Sylvanville y tras un tiempo revisando sus libros encontramos la reseña de que un tal Ephaim M. Peabody, natural de Pittsfield, había fallecido en 1842 en las montañas por causas desconocidas. Este prospector era propietario legal de la parcela de 4 acres por donde corría el Raspberry Creek.

La mañana siguiente nos vestimos con ropa cómoda y nos dirigimos a la parcela de Peabody, lugar en el que a todas luces había perdido la cantimplora y fué hallada después por Johnson. Por algún misterio que aún no lográbamos vislumbrar el valle por donde corría el río Raspberry permanecía florido y vital en pleno mes de Noviembre; los árboles caducos mantenían sus hojas, las abejas estaban activas y polinizaban aquí y allá.

Más allá de mediodía, tras cruzar senderos olvidados y escarpados parajes llegamos ante la entrada a una gruta. Con un breve estudio de la entrada acertamos a ver las pisadas recientes de unas botas que tenían un perfil similar a las que halláramos en el armario de Brent. Así que entramos armados con nuestras linternas y con el presentimiento de que encontraríamos algo sorprendente.

Avanzamos varias yardas y a la izquierda de la gruta natural adivinamos una grieta ancha. Nos introdujimos en ella para investigar y pronto nos vimos descendiendo hasta una basta sala. En ella había restos de comida y también unas inscripciones en la pared, aunque todo parecía indicar que el más reciente inquilino del lugar era un oso pardo. Entonces no quisimos tocar nada más y regresamos a la gruta principal para continuar adelante. A unas decenas de pies de distancia encontramos una puerta de madera en la pared de la derecha de la gruta. Estaba entreabierta y dejaba ver una habitación desordenada.

Con un poco de esfuerzo conseguimos abrir del todo el portón y pudimos investigar lo que parecía ser un despacho o almacén de alguna secta, pues encontramos el cadáver de un hombre vestido con un túnica ceremonial de color rojo. A este desdichado le habían reventado la caja torácica y, un posterior examen del cubículo y de la puerta, nos dieron a entender que el oso lo había arrinconado y devorado. También encontramos restos de una botella igual que la que provocó el estado catatónico de Brent Johnson y que debió romperse en el ataque del oso. Un libro herético y casi destruido por el paso del tiempo coronoba la sala. Con mucho cuidado lo alojé al fondo de mi mochila con la esperanza de que regreso a la tienda de antigüedades de mi padre podría estudiarlo con más calma.

Evidentemente el joven artista convertido a minero había encontrado por casualidad esta cueva y en ella había hallado la botella de color rojo. Pero quedaba un misterio por resolver: qué era ese culto y que secreto contenían las botellas. Así que continuamos adelante buscando por todos los rincones de la caverna. Pero ya antes del anochecer comprobamos que habíamos estado dando vueltas por el mismo sitio y que no había nada más por descubrir, por lo que no tardamos en volver a la ciudad.

Pero algo extrañó pasó cuando nos disponíamos a salir al exterior de la cueva. De repente, nuestras linternas se convirtieron en antorchas, nuestras pistolas en espadas y nuestras ropas de ciudad en harapos anacrónicos. Y lo peor llegó cuando aún no nos habíamos recobrado de la sorpresa, pues el oso apareció de la nada y nos atacó con furia desmedida. Yo huí presa del pánico pero mis compañeros le hicieron frente con sus nuevas armas.

Cuando ya me había alejado bastante mis antorcha volvió a ser una linterna y mi arma y mis ropas lo que habían sido con anterioridad. Más tranquilo volví a remontar la pendiente para alcanzar a mis socios pero ellos ya bajaban con cara de espanto. Larry, además, tenía una herida muy fea en el costado resultado de la mordedura del oso. Necesitaba ayuda médica urgente así que apresuramos el paso para alejarnos de ese maldito lugar. Pero entonces la magia volvió a ocurrir y nuestros objetos volvieron a ser los que podría describir Robert E. Howard en sus obras y el oso apareció de nuevo a la espalda de Euclides. El zarpazo casi le arrancó el brazo. Intentamos entonces reducirle con nuestras espadas pero ninguno de nosotros había estudiado nunca esgrima y no pudimos hacer nada por herirle. Solo el fuego de la antorcha (aunque yo creía que era debido a la luz que emitía) consiguió apartarlo de nosotros.

Continuamos nuestro camino de regreso con los nervios a flor de piel y transportando como podíamos a nuestros compañeros heridos. Al llegar a uno de los riscos que por la mañana habíamos sorteado escalando tuvimos que bajarlos a pulso con una cuerda. Cuando por fin solo quedaba Jean Paul en lo alto la metamorfosis volvió a acontecer y el oso apareció tras él. De nuevo las garras de la bestia resultaron letales y Jean Paul murió destripado y desnucado al caerse del risco. Por suerte para nosotros (los que quedábamos) el oso no podía alcanzarnos ahora, almenos no hasta que encontrara un modo de bajar.

La noche nos sorprendió a los tres que quedábamos a medio camino y el cansancio y los compañeros heridos alentecían la marcha. Decidimos finalmente que mientras Larry y Euclides, que hacía mucho rato estaba inconsciente, permanecerían descansando junto a un gran árbol, yo iría tan deprisa como me permitieran las piernas a buscar la ayuda del sheriff y sus hombres.

Horas después llegaba a las puertas de la comisaría y poco antes del amanecer llegábamos todos hasta mis compañeros. Lamentablemente Euclides había muerto desangrado y, según me contó Larry al cabo de un tiempo, el oso los había merodeado de nuevo pero nuestro parapsicólogo ya había fenecido y él se había hecho el muerto para evitar la agresividad de la fiera.

Larry y yo, afectados por el fallecimiento de nuestros socios, decidimos dar por concluida la investigación. A la señora Johnson y a la policía les dimos la versión más creíble posible omitiendo nuestra delirante aventura y, finalmente, volvimos a nuestra ciudad.

Los últimos meses he estado investigando el libro y el significado de la extraña botella roja, que resultó ser de rubí (mi padre y yo volvimos a las dos semanas a Sylvanville para comprar la única botella que permanecía de una pieza). En este tiempo he descubierto las puertas a un nuevo mundo que se ha abierto ante mí y sé que todo lo que haga a partir de ahora conducirá inexorablemente a mi ruina física y mental.